jueves, 21 de agosto de 2008

Una Vela

Había música en el fondo,
tenía entre mis manos un vaso,
alguien vino a mi mesa y prendió una vela silenciosa.

Esa vela se convirtió, esa noche, en mi compañera.
Ella estaba dispuesta a su fin, así, en silencio.
no pidió ser encendida,
no pidió iluminar,
pero allí estaba, prendida e iluminando...
consumiéndose ante mí.

Venía el viento y dañaba su intensidad,
ese viento que a veces, de cuando en cuando, también nos inclina.

A esta hora,
luego de haberla contemplado un tiempo,
veo que sus lágrimas se acumulan,
como en nuestros ojos cuando la vida nos pesa.

Entonces,
una lágrima desciende por su costado,
dejando atrás una herida,
como la que está en un costado del Nazareno,
en el madero cruel de la diaria muerte.

Ahora el viento viene,
y la vela lucha por estar encendida,
su lágrima se detiene en el descenso,
mi amiga siente frío,
el mismo frío que asoma nuestra mejillas
cuando nuestras lágrimas dejan su huella
y viene el viento que las seca.

De pronto, tomo valor y apago la vela...
Ella no siente más su herida, sus lágrimas se endurecen,
pero yo quedo con un frío en las mejillas,
mis lágrimas no se endurecen...
Qué alegría, estoy vivo... lloro,
y aún puedo beber un sorbo más.

Cierro mis ojos y aún está ella,
grabada en mi retina,
consumiéndose.
Qué alegría, está viva...

Diciembre 2001.