sábado, 11 de enero de 2020

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Fernando Murillo Flores

Acabo de terminar de leer “SIDI”, la última novela de Arturo Pérez Reverte (Alfaguara, 2019) que, según el autor, es un libro que trata sobre liderazgo, propiamente sobre el liderazgo de Rodrigo Ruy Díaz de Vivar y de cómo surgió el mito que representa el Cid Campeador, el mismo que llega hasta nuestros días, habiendo sido objeto de mucha literatura y películas. Aquí comparto algunas ideas que emanan del libro, si por allí hay alguna coincidencia, es pura casualidad.

Un líder, para empezar, necesita casi como una condena existencial o requisito imprescindible, tener un grupo humano que dirigir y conducir hacia fines u objetivos legítimos, de lo contrario no podría serlo, como tampoco lo puede ser cuando teniendo personas que dirigir solo importa su voluntad y decisiones, sin conocer y escuchar aquellos que al menos nominalmente le dan la calidad de líder. El liderazgo no existe al margen de las personas o sin las personas.

Será siempre imprescindible que un líder esté consciente que “Para bien o para mal, de sus aciertos o errores iba a depender el futuro inmediato de su gente.” (p. 128), dice Pérez Reverte, pues “El arte del mando era tratar con la naturaleza humana, y él había dedicado su vida a aprenderlo. Pagando por cada lección.” (p. 180). Confiar en un líder es fundamental, pero el autor dice “No se puede confiar en alguien que nunca cometió un error. Expone a otros a verse envueltos en el primero que cometa.” (p. 291).

De los errores se aprende, los errores dan experiencia; un líder lo sabe, pues si alguien que pretende serlo no los comete nunca (lo cual es imposible) y los que comete no los admite y reconvierte en lecciones de vida, será alguien inmaculado, vale decir inexistente, o sencillamente alguien que miente a diario, hasta para justificar lo mínimo. La lección es confiar en un líder que en su experiencia suma errores que asimilados no se vuelven a cometer, ergo ese líder es confiable, pues si nunca cometió errores puede ser que quienes lo siguen sean quienes paguen las consecuencias. 

Un líder, es quien tiene “la capacidad de hacer planes y de convencer a otros para que los ejecutaran, aunque eso los llevase a la muerte.” (p. 85), pero para ello, nos dice Pérez Reverete, “Es mejor que todos estemos al corriente de los planes, porque empezado el combate no habrá ocasión de órdenes” (p. 83)

Lo primero es tener una capacidad estratégica (hacer planes), lo segundo tener capacidad directiva (convencer a otros para ejecutar los planes) y, lo tercero no menos importante lograr un nivel de compromiso para que todos estén al tanto de los planes a tal punto que no sea necesario dar órdenes para su ejecución, lo que además implica que del grupo humano se diga que “Se conocían bien, y entre ellos eran precisas pocas palabras.” (p. 93).
La preparación antes de la ejecución de los planes por todos compartidos es fundamental, no en vano se dice “Cuanto más se suda antes de la guerra, menos se sangra en ella.” (p. 166)

Es obvio que lo trascrito esta dado en un contexto de conflictos medievales, ¿pero acaso no es cierto que el Arte de la Guerra de Sun Tzu, ahora es empleado en el mundo empresarial? La capacidad estratégica consiste no sólo en tomar decisiones que permitan ubicar a una organización de personas en un sitial en la sociedad, sino en colocar a las personas de la organización que sean capaces de lograr dicho posicionamiento, lo que pasa porque el estratega conozca las potencialidades de cada uno, antes de colocarlos por intereses personales y de grupo que no sean precisamente los intereses de la organización, así se evitará decir que “Muchos hombres buenos se habían perdido para siempre” (p. 331).

Al final de la novela, Mutamán le dice al Cid “Sabes mandar. Renuncias a privilegios que te corresponden: duermes como todos, comes lo que todos, te arriesgas como todos. Jamás dejas a uno de los tuyos desamparado, si puedes evitarlo…” y Ruy Díaz contesta: “Quien no tiene consideración por las necesidades de sus hombres – repuso tras pensarlo un momento – no debe mandar jamás…”. Cuanto hace recordar este pasaje a la respuesta de Urías a David.

Pero aún más le dice Mutuamán a Sidi (el Cid): “Eres un jefe extraño (…) Puedes ser temible con los enemigos, implacable con los indisciplinados, fraternal con los valientes y leales… Tienes la energía y la crueldad objetivas de un gran señor. Eres duro y justo. Y lo que es más importante: puedes mirar el mundo como un cristiano o un musulman, según lo necesites.” (p. 354)

Tomar decisiones para un líder es tomar decisiones justas, es decir, aquellas que tengan las mejores consecuencias que tú puedas prever, considerando toda la información que te sea posible al momento de tomarlas, es por ello que el Cid expresa: “Un jefe de guerra ha de tomar una decisión tras otra – dijo –, y en eso pasa su vida. Ocupado en esas decisiones y en sus consecuencias inmediatas.” (p. 292), pues las decisiones respecto de personas son las más importantes, por ello Sidi reflexiona: “Los hombres no son ideas; si los pierdes tal vez no tengas más.” (p. 292) y en verdad una decisión equivocada al margen de dañar a una persona, ésta se pierde para siempre respecto de quien no lo consideró así.

Luego de una conversación del Cid con Mutamán aquél reflexiona: “El rey moro sabía hacer preguntas y escuchar respuestas, virtud rara en los poderosos” (p. 160). En efecto es cierto, quien tiene el poder – no la autoridad – no pregunta, no escucha, sino sólo su iluminada voz interior, el resultado será mandar y ordenar irreflexivamente con cargo a pagar cara la soberbia.

El Cid o Sidi, era apreciado por su gente, por las personas que lo seguían de manera incondicional, por eso con verdad compartía todo con ellos y cuando llegaba a una conclusión, nos dice el autor, “Asintieron todos, halagados de que un jefe compartiese con ellos tales cálculos.” (p. 133) y en ese diálogo, uno de los hombres del Cid, recordándolo vencedor de otras lides “alzó una mano (…)” para decirle “– Nunca imagine (…) que una noche estaría en campaña, al raso con el vencedor de aquél día, calentándome con el mismo fuego y bebiendo el mismo vino.” (p. 133). La verdad no sólo implica afirmar lo que corresponde a la realidad, sino lo que es en realidad aquello que se vivió o sucedió, tal cual.   

El peor pecado para quien presuma de líder y esté al frente de personas es la mentira y el engaño, ya Abraham Lincoln le puso un epitafio a personas que viven en ellas: “Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo.