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lunes, 6 de abril de 2020

Nebulosa (2)



Fernando Murillo Flores

En el artículo anterior concluimos que San Martín al constituirse en Protector del Estado peruano se convirtió en un dictador del Perú, pues reunió en él, el poder político y militar para proteger la independencia de propios y extraños. También concluimos que a Bolivar el Estado peruano lo constituyó en dictador del Perú para consolidar su independencia y que gracias a ello lo logró. En uno y otro caso, dijimos, fueron dictadores en perspectiva romana. ¿Qué significa la dictadura en perspectiva romana?

Empecemos por la definición de dictadura de la Real Academia Española “En la Antigüedad romana, magistratura extraordinaria ejercida temporalmente con poderes excepcionales.”. Carl Schmitt, citado por Siles Vallejos, explica que “la dictadura es una sabia invención de la República Romana, el dictador un magistrado romano extraordinario, que fue introducido después de la expulsión de los reyes, para que en tiempos de peligro hubiera un imperium fuerte, que no estuviera obstaculizado, como el poder de los cónsules, por la colegialidad, por el derecho de veto de los tribunos y la apelación al pueblo” (Siles Vallejos. Abraham. “La dictadura en la República romana clásica como referente paradigmático del régimen de excepción constitucional” Lima, 2014. Derecho PUCP N° 73.P. 411).

Pero, ¿cuándo y por qué se instauraba una dictadura? Siles Vallejos puntualiza “Que el cargo tuviese carácter extraordinario, empero, no colocaba al dictador por fuera de la Constitución, la cual no podía ser desconocida por este. Antes bien, la dictadura era conformada con la exclusiva finalidad de preservar la República, su orden constitucional y sus instituciones de gobierno ordinario frente a un peligro grave.”

Ahora podemos entender porque sostuvimos que tanto San Martín como Bolivar fueron dictadores, de lo que se trataba era de proteger a la nueva República, en cuanto al primero, y en cuanto al segundo, de consolidar su libertad. Sin duda, ser dictador imponía a quien así era instituido, una alta responsabilidad cívica para asumir dicho cargo dentro del cauce de la constitucionalidad y respeto a la república, sabiendo de antemano que el encargo era efímero, extraordinario y excepcional hasta que las razones por las que se instauró hayan sido vencidas.

Siles Vallejo, al respecto describe una historia: “De acuerdo con la tradición, Lucio Quincio Cincinato fue un patricio romano dedicado al trabajo agrícola en su pequeña finca situada en la cercanía de la ciudad, al otro lado del río Tíber. Fue hecho dictador en el año 458 a.C., con la misión de salvar a Roma, cuyo ejército, comandado por uno de los cónsules, se hallaba sitiado por las fuerzas enemigas en una localidad vecina. Cincinato, quien se encontraba trabajando con el arado cuando recibió a la delegación que le traía el nombramiento, cambió las herramientas de labranza por las armas, formó un ejército y, en el transcurso de pocos días, derrotó al invasor. Apenas dos semanas después de su elevación a la más alta magistratura del Estado, conseguido el objetivo primordial de salvar a la República del grave peligro que representaban las armas enemigas, Cincinato renunció a su investidura dictatorial y retornó a sus labores campestres como simple agricultor. En consecuencia, Lucio Quincio Cincinato es considerado, con toda justicia, un ejemplo insigne de ciudadano virtuoso, dotado de la sobriedad y la grandeza de alma de quien, pese a vivir en condiciones modestas, es capaz de renunciar a los fastos del poder tras obtener un brillante éxito militar y político. Evidentemente, su rectitud y su nobleza de corazón lo acreditan como un modelo perdurable de lo mejor de las virtudes ciudadanas en la Roma republicana.”

No hablemos más de historia, sólo resta decir que esa institución ha mutado hasta nuestros días, reencarnándose constitucionalmente en dos instituciones actualmente establecidas en nuestra Constitución de 1993 y que anteriormente también las estableció su antecesora: el estado de sitio y el estado de emergencia, el primero vinculado a amenazas externas al Estado y el segundo a amenazas internas, como la que estamos viviendo actualmente con el Covid19, y las que tuvimos que sufrir con el terrorismo de los años 80 y principios de los 90.

Existen, para todo Estado, aunque ahora para muchos estados, encrucijadas que deben afrontarse con firmeza y bajo una sola dirección; en el caso del Perú, ante la inminencia de la llegada del Covid19 y la declaración de su presencia un 6 de marzo de 2020, el gobierno decretó el Estado de Emergencia del 15 al 30 de marzo de 2020 (D.S. N° 044-2020-PCM). A partir de ese momento la batuta para enfrentar la emergencia estaría en manos exclusivas del Poder Ejecutivo, en el marco de una institución establecida en la Constitución. A ese momento el Poder Legislativo aún no se había instalado, luego de la disolución del mismo el año pasado lo cual, aunque existe discrepancias al respecto, también fue un procedimiento de cauce constitucional.

Al día siguiente de la declaratoria de emergencia, los congresistas electos se convocaron para juramentar e incorporarse al Congreso de la República; un jueves 19 de marzo – ya en medio de la declaratoria de emergencia y vigente el aislamiento social – el Congreso eligió a su junta directiva. Así, el nuevo Congreso entraría en la escena política nacional, en medio de una declaratoria de emergencia y una crisis que pone a prueba nuestro sistema de salud pública.

Consecuente con la declaratoria de emergencia y de las limitaciones del Congreso para el debate de disposiciones legales técnicas ante la crisis de nuestro sistema de salud, y las decisiones sobre economía, educación, trabajo, orden interno, etc., se atendió el pedido de delegación de la falcultad legislativa mediante la Ley N° 31011 y, sin perjuicio de ello el Poder Ejecutivo continúa emitiendo decretos de urgencia.

Todo lo descrito no es sino el cumplimiento de nuestro orden constitucional en tiempos de crisis, que permite entregar, para conjurar el peligro que representa para la población del Estado peruano, el poder de dirección totalmente en el Poder Ejecutivo. En esa perspectiva, nuestra la Constitución viene cumpliendo su rol y cuando todo vuelva a la normalidad, aunque no del todo pero sí respecto a lo de urgente atención, esperemos siga siendo cumplida.

Es lamentable, eso sí, que sea un sector de la población quien no cumpla las disposiciones del gobierno en tiempos de emergencia, eso es sencillamente falta de civismo, es la ausencia de educación cívica a la que sin duda deberemos prestarle más atención. Es lamentable ver como una madre, con una menor de la mano, ante miembros de la policía exprese que el virus es una mentira y que si Dios quiere le dará el virus. Lamentable porque esa niña que se supone es su hija replicará esa conducta cuando sea mayor y sustituirá a Dios en su propia decisión cívica de cumplir la ley. En fin.   

Siempre se recomienda no tomar decisiones cuando uno está alegre, triste, enojado o muy alterado por uno y otro motivo, pues la decisión podría ser negativa por esas emociones. Por eso consideramos que la ley del Congreso sobre el retiro de los fondos de las AFP, sin calificarla en sí, es una decisión que no debió tomarse en un momento en el que el Perú, todo, sin excepción está alterado. Esto sin duda generará que el Poder Ejecutivo evalúe no promulgar la ley del Congreso, retornado en el Congreso la facultad de promulgarla – como lo hizo con la ley de protección policial – y recaiga en él toda la responsabilidad de una decisión política de gravitación (no sé si positiva o negativa) económica para nuestro país. Pero aun así todo estará dentro del cauce constitucional, una vez más.

Creo que existe un consenso nacional en que el Poder Ejecutivo está afrontando ésta crisis como corresponde y a la altura de las circunstancias, de seguro con varios errores propios de un aparato administrativo enredado y lento que afecta la oportunidad de las decisiones e incluso la legalidad de las mismas, precisamente por lo complicada de nuestra legislación.
De seguro lo anterior genera en muchos sectores políticos, una suerte de celo en lo favorable que puede resultar políticamente al Presidente de la República, la forma cómo está afrontando una crisis sin precedentes no sólo para el país, sino para la humanidad entera, pero ello no debe llegar al extremo de burlarse al extremo de desear que todo el gabinete ministerial se contagie con el Covid19. Eso es inaceptable.

Actualmente nuestra economía, tal como se la conceptualiza, está seriamente dañada y tardará mucho tiempo en recuperarse; las fuentes de empleo están golpeadas al extremo que tendrán que tomarse decisiones serias para sobrevivir como tales. Los centros de trabajo, públicos o privados, tendrán que echar mano muy imaginativa para la dirección y organización del trabajo. Nuestras relaciones personales, sociales y laborales cambiarán radicalmente pues el Covid 19, en tanto no exista una cura o vacuna estará allí a nuestro acecho, pero deberemos asumir el riesgo si deseamos seguir viviendo hacia la normalidad.

Debemos estar atentos, eso sí, a aquellas decisiones sobre nuestra libertad, en todo el sentido de la palabra, para que el mercado y la economía vuelvan al cauce normal en lo posible, sin distorsiones de ningún tipo. El gobierno, al mando del Poder Ejecutivo, antes de la crisis y posterior a ella, tiene limitaciones, y una de ellas es no tomar nota que no toda decisión que tome, basado en la crisis, sea la que de ahora en adelante nos convenga. Es por ello que requerimos de buena información, de toda nuestra capacidad de análisis y de iniciativa para salir adelante, pues a los gobiernos – en general – les puede ser tentador decidir por nosotros más allá de la crisis, y es allí que el pleno poder conferido por una situación de emergencia, sea retornado plenamente al orden constitucional de inmediato, para que todos juntos decidamos salir adelante y ojalá para ser mejores de lo que fuimos antes del 15 de marzo de 2020, como sociedad.

El futuro de nuestro país, actualmente y como en muchas ocasiones en nuestra vida republicana, está en medio de una nebulosa.

jueves, 19 de marzo de 2020

“Ya están aquí…”



Fernando Murillo Flores

Recuerdo que la primera semana de febrero, en Lima y ya de vacaciones, mi hijo Franco que es Médico me iba comentando todo preocupado sobre la aparición de un virus en la lejana China, durante todo el mes él me iba informando, cada vez más preocupado, que la epidemia no estaba siendo contenida y que el virus había pasado las fronteras de ese lejano país; llegó un momento en el que me dijo que tarde o temprano llegaría al Perú. La verdad… no le creí.

Lamentablemente así fue, llegó al Perú el ya famoso virus con corona y todo eso; en ese momento recordé a esa inocente niña Carol Anne frente al televisor prendido y sin señal, volteando y diciéndonos a todos los asombrados espectadores de Poltergeist: “ya están aquí…”

Ahora sabemos que antes de llegar al Perú el viernes 6 de marzo, el virus ha puesto en serios aprietos a dos países del primer mundo: España e Italia, dos países europeos, desarrollados, civilizados, cultos y de una ciudadanía cívica ejemplar, respetuosa de la ley, según dicen. Sus pueblos, con esas características, uno de los elementos del Estado según la clásica doctrina, no hicieron caso de las disposiciones gubernamentales de aislarse socialmente en casa para contener al ya famoso nuevo Corona Virus que ya pululaba entre ellos.

Antes del Perú, el virus letal pasó por Brasil, Argentina, Chile, Colombia y Ecuador; atento a la evolución de la epidemia a nivel mundial, ahora ya una pandemia, el gobierno del Perú, el domingo 15 tomó una decisión de Estado, inédita en su historia republicana. Esta decisión de Estado, de seguridad de Estado más propiamente ¿no está siendo comprendida por el pueblo peruano?

El Perú, a partir de la década de los años ´80, conoció la declaración de los estados de emergencia justificados por la violencia del terror en los que nos sumió sendero luminoso y el mrta (así con minúsculas porque me da la gana); con esos dos virus sociales terroristas que son capaces de engendrar quienes no entienden que el mal no puede transitarse para llegar al bien, se nos hizo vivir estados de emergencia a los que esperemos no volver jamás. Muchas veces también hemos presenciado declaraciones de estados de emergencia a pedido de las mismas poblaciones cuando ésta se ven golpeadas por los eventos de la naturaleza, como el que acabamos de presenciar en Santa Teresa, La Convención, Cuzco.  En otros casos también hubieron estados de emergencia declarados ante convulsiones sociales.

El Estado de emergencia declarado el domingo 15 de marzo de 2020 no tiene nada que ver con la acción de unos mal nacidos, ni con los hechos de la naturaleza y conflictos sociales, sino con una amenaza invisible a nuestros sentidos, que si bien ahora los podemos explicar por el avance de la ciencia, el asombro ante esa amenaza, estoy seguro, para muchos es como el de esas gentes de las sociedades medievales que no entendían las pestes que las asolaban de cuando en cuando Europa y la gente caía y caía, y de la que incluso ni la nobleza se salvaba, así levantasen los puentes de sus castillos.

Debemos primero entender que el Estado peruano es unitario, que es gobernado por un gobierno central y que estamos ante una amenaza viral y letal para el pueblo del Perú, entre los que más vulnerables son los adultos mayores, que son contagiados por personas adultas, jóvenes y niños que son más resistentes al virus, pero que tarde o temprano lo padecerán, todo ello en la cotidianidad de nuestras vidas, eso es lo peligroso.

En un primer momento el gobierno dictó recomendaciones y suspendió las labores escolares por todo el mes de marzo de 2020, si la lógica era evitar que nuestros niños y jóvenes no se contagien, muchos nos preguntamos y qué fue de la suspensión de labores universitarias, si igual en las universidades hay fuerte concentración de personas. Tímidamente los mismos voceros del gobierno dijeron que la medida no abarcaba las universidades porque ellas eran autónomas. Hasta cuando el Estado tendrá que asumir que la autonomía universitaria hace de las universidades, respecto a él, entes autónomos e independientes; que la ley les otorgue a las universidades autonomía, ello no significa que sean un Estado dentro de otro Estado. Felizmente el tema volvió a su cauce y el gobierno suspendió las actividades universitarias en una decisión soberana, exenta de arbitrariedad dado el peligro a la salud pública que amenazaba al pueblo peruano.

Cuando el gobierno, dispuso el domingo 15 de marzo: “Declárese el Estado de Emergencia Nacional por el plazo de quince (15) días calendario, y dispóngase el aislamiento social obligatorio (cuarentena), por las graves circunstancias que afectan la vida de la Nación a consecuencia del brote del COVID-19.” La primera pregunta fue ¿debemos ir a trabajar? Para mí estuvo claro que no, pues el gobierno disponía el aislamiento social obligatorio y en mi condición de ciudadano del Perú, debía acatar la ley, así se los dije a todas las personas que me preguntaron: ¿debemos ir a trabajar?

El lunes 16 de marzo, es decir, el primer día del aislamiento social obligatorio, la mayoría de las personas siguieron haciendo su vida normal y muchos empleadores ni se enteraron de la noticia y en lugar de tomar medidas empresariales responsables, optaron por obligar a sus trabajadores a ir a laborar, es decir, a incumplir la ley. Otros empleadores procedieron a despedirlos. En fin.

Para el virus, que todos los peruanos continuemos haciendo nuestra vida normalmente – como lo hicieron los españoles e italianos desobedeciendo a sus gobiernos – es como brindarles a esos bichos de m… autopistas para que lleguen fácilmente a su destino y cumplan su objetivo: matarnos.

Ante ese incumplimiento cívico de la disposición de aislamiento social obligatorio que en metrópolis como Manhattan sus ciudadanos vienen haciéndolo sin necesidad de una ley, pero sí con alta conciencia cívica, el gobierno peruano se vio obligado a emitir otra disposición el miércoles 18 de marzo, precisando que: “Durante la vigencia del Estado de Emergencia Nacional y la cuarentena, las personas únicamente pueden circular por las vías de uso público para la prestación y acceso a los siguientes servicios y bienes esenciales: (…)” enumerando los supuestos que habilitan – excepcionalmente – transitar, pues los ciudadanos peruanos – fieles a su tradición colonial de incumplir la ley – empezaron cada uno a formularse sus individuales excepciones. Ojalá el virus sólo los atacase a ellos.   

Pero adicionalmente el gobierno dispuso algo más puntual: “(…) la inmovilización social obligatoria de todas las personas en sus domicilios desde las 20.00 horas hasta las 05.00 horas del día siguiente, excepto del personal estrictamente necesario que participa en la prestación de los servicios de abastecimiento de alimentos, salud, medicinas, la continuidad de los servicios de agua, saneamiento, energía eléctrica, gas, combustibles, telecomunicaciones, limpieza y recojo de residuos sólidos, servicios funerarios, y transporte de carga y mercancías y actividades conexas, según lo estipulado por el Ministerio de Transportes y Comunicaciones.” Esto se explica porque muchos ciudadanos peruanos continuaron haciendo su vida nocturna normal, brindando las condiciones necesarias para que el virus llegue fácilmente a su destino y cumplan su objetivo: matarnos (bis).

Si la vida del pueblo de un Estado está en peligro, toda actividad que no sea la esencial para la sobrevivencia de cada uno de sus miembros o personas debe suspenderse. Esta debería ser la divisa de todo ciudadano peruano en este momento, dejando de lado el individualismo para dar paso a la solidaridad. La desobediencia civil o falta de responsabilidad social de cada uno de sus ciudadanos, le ha costado, a la fecha, más de 3,000 muertos a Italia y casi 800 muertos a España, sin dejar de mencionar los miles de contagiados que han hecho que colapsen sus sistemas sanitario.

Nosotros aunque un poco tarde, pero no tanto, y que aún no tenemos un muerto, pero sí personas contagiadas (234), decidimos acatar las disposiciones del gobierno (la ley) y mejorarlas con nuestro comportamiento cívico, asumiendo la experiencia de aquellos países, seremos capaces de contener la expansión del nuevo Coronavirus o Covid – 19.

El pueblo peruano, secularmente y por razones que no caben explicarse en este momento, es siempre resistente a cumplir la ley, pero ahora debe cumplirla por él mismo, por su vida. Esperemos que a partir de esta experiencia asumamos la importancia de ser un pueblo cumplidor de la ley y digno de un Estado que va a cumplir 200 años de vida, sin dejar de pensar que aún tenemos muchos virus sociales que tenemos que vencer, pero por ahora venzamos a este made in China.